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July 16, 2026

El balancín terapéutico: cómo repartir la responsabilidad en terapia

July 16, 2026/ Libertia Psicología

Es muy habitual que, en algún momento de la práctica clínica, muchas terapeutas experimenten una sensación de sobrecarga y de responsabilidad excesiva ante el proceso de sus consultantes. Esta sensación suele traducirse en mayor dificultad para afrontar las sesiones, en desmotivación y, en ocasiones, en un desgaste que termina afectando a la relación terapéutica y a la propia motivación para ejercer el trabajo clínico.

Este fenómeno, lejos de ser algo aislado o excepcional, es compartido por numerosas profesionales que, tras poner en común sus experiencias entre compañeras, identifican un patrón similar: con determinadas personas a las que acompañan, terminan sintiéndose especialmente sobrecargadas, como si el peso del proceso terapéutico recayera de forma desproporcionada sobre ellas. 

Comprender por qué ocurre esto resulta clave para sostener una práctica clínica saludable y eficaz a largo plazo, y una metáfora procedente de la Terapia Dialéctico Conductual permite explicarlo con especial claridad: el balancín.

La dinámica del balancín en terapia: qué es y cómo funciona

Imaginemos un balancín en el que se suben dos personas, una a cada lado, para impulsarse mutuamente y conseguir así el movimiento de subida y bajada utilizando la fuerza del propio peso. Es una imagen sencilla, pero describe con precisión cómo se reparten las responsabilidades en el proceso de cambio de cualquier consultante.

Toda interacción terapéutica parte, en su origen, de las ganas genuinas de ayudar a personas que sufren y que piden ayuda. Ese deseo de ayudar es, de hecho, uno de los motores fundamentales de la profesión: sin él, difícilmente podría sostenerse el compromiso que exige acompañar a alguien en sus dificultades. Sin embargo, desde ese mismo deseo, es frecuente que la terapeuta termine cargando con gran parte del peso del balancín: aportando soluciones, proponiendo alternativas una y otra vez y sintiendo una fuerte frustración cuando algo no funciona como se esperaba o cuando el malestar de la persona atendida no se reduce al ritmo deseado.

Esta dinámica no responde a un error puntual ni a una mala praxis, sino a un desequilibrio progresivo que puede instalarse de forma casi imperceptible en la relación terapéutica. Cada sesión en la que la profesional asume un poco más de responsabilidad de la que le corresponde suma peso a su lado del balancín, mientras que el lado del consultante permanece cada vez más ligero, con menos margen para ejercer su propia fuerza de impulso.

Por qué ayudar demasiado puede frenar el proceso terapéutico

Desde la frustración que genera no ver avances, es habitual buscar más y más soluciones, ofrecer más y más recursos, en un intento de aliviar tanto el sufrimiento del consultante como la propia sensación de estancamiento profesional. El problema surge cuando esta forma de gestionar la frustración termina, paradójicamente, formando parte del problema: cuanto más peso asume la terapeuta en el balancín, menos margen de acción queda para que la persona atendida se responsabilice de sus propias dificultades y aprenda a impulsarse por sí misma.

Si toda la fuerza necesaria para mover el balancín procede de un solo lado, el otro lado (el del consultante) pierde la oportunidad de desarrollar su propia capacidad de acción. El proceso terapéutico deja entonces de ser una dinámica compartida y equilibrada para convertirse en una carga unilateral, algo que compromete tanto el bienestar de la profesional como la efectividad de la intervención clínica en su conjunto.

Este desequilibrio tiene, además, una doble cara:

  • Afecta directamente a la persona que recibe ayuda: cuando todo el esfuerzo de cambio proviene del exterior, se reduce la posibilidad de que desarrolle sus propios recursos y su autonomía.

  • Afecta a la terapeuta, que termina asumiendo una responsabilidad que no le corresponde en su totalidad y que, sostenida en el tiempo, deriva en desgaste, desmotivación y mayor dificultad para afrontar las sesiones con esa persona.

Cómo identificar el desequilibrio en consulta

Reconocer cuándo un balancín terapéutico se ha desequilibrado no siempre es sencillo, especialmente porque el desplazamiento del peso suele producirse de manera gradual. Sin embargo, existen algunas señales que pueden ayudar a detectarlo: 

  • Sentir la necesidad de aportar constantemente nuevas soluciones o recursos, sin que se traduzcan en cambios reales por parte del consultante.

  • Notar mayor desmotivación o tensión anticipada ante determinadas sesiones, en comparación con el resto de la agenda.

  • Percibir que el avance del proceso depende casi en exclusiva del esfuerzo de la profesional y no de la implicación activa de la persona atendida.

  • Encontrarse pensando en el caso fuera del horario de consulta, dándole vueltas a qué más se podría hacer o proponer.

  • Observar que el consultante plantea las dificultades como algo que la terapeuta debe resolver, más que como algo sobre lo que ambos deben trabajar.

  • Sentir alivio cuando se cancela una sesión concreta, en lugar de la neutralidad habitual ante otros cambios de agenda.

  • Notar que las propuestas de tareas o pautas entre sesiones se acumulan sin apenas cumplirse, y responder a ello ofreciendo aún más pautas.

  • Comprobar que la frustración ante la falta de avances se dirige hacia una misma, con sentimientos de culpa o de no estar haciendo lo suficiente.

  • Detectar que se está anteponiendo la propia necesidad de ver resultados a los tiempos y al proceso real del consultante.

  • Notar que se evita plantear ciertos límites o devolver la responsabilidad al consultante por miedo a que este piense que eres una mala terapeuta.

Detectar estas señales requiere, en primer lugar, dirigir la mirada hacia una misma: observar cómo se siente la terapeuta ante cada proceso, qué emociones aparecen antes y después de determinadas sesiones y qué patrones se repiten con ciertos perfiles de consultantes. El análisis funcional de estas propias reacciones (qué las provoca y qué las mantiene) ofrece una herramienta valiosa para identificar en qué momentos el balancín se está inclinando en exceso hacia un lado.

Devolver la responsabilidad al proceso

Aplicar esta reflexión a la práctica diaria implica observar el estado de cada balancín: qué margen de acción se está dejando a cada consultante y en qué medida se está favoreciendo su responsabilización y su empoderamiento dentro del proceso. Aprender a soltar cuando es necesario y devolver a la persona la necesidad de implicarse activamente en su propio cambio constituye un aprendizaje central para sostener una relación terapéutica equilibrada y sostenible en el tiempo.

Este equilibrio no significa restar implicación ni compromiso por parte de la terapeuta, ni renunciar a la responsabilidad profesional que conlleva acompañar a alguien en su proceso. Se trata, más bien, de repartir de forma adecuada el esfuerzo entre ambas partes, de modo que el análisis funcional de cada caso permita identificar cuándo el balancín se está desequilibrando y qué ajustes son necesarios para recuperar esa corresponsabilidad. 

En la práctica, esto puede traducirse en devolver preguntas en lugar de ofrecer respuestas cerradas, en sostener silencios (puede que incómodos) que inviten al consultante a generar sus propias alternativas o en revisar juntos qué papel está asumiendo cada uno en el proceso de cambio. Como bien recoge el dicho, más vale enseñar a pescar que regalar el pescado, y se puede aplicar perfectamente a un proceso terapéutico.

La importancia de la revisión constante

Revisar periódicamente cómo se sienten las profesionales ante cada proceso terapéutico, visualizar el balancín que representa cada relación con sus consultantes y valorar si ha llegado el momento de devolver parte de esa responsabilidad son ejercicios que pueden marcar una diferencia importante en la sostenibilidad de la práctica clínica y en la calidad del acompañamiento que se ofrece. Por eso, es muy importante recibir una buena supervisión por parte de otras compañeras con experiencia, de forma que nos ayuden a ver estas dinámicas desde fuera.

Incorporar esta mirada de forma habitual (no solo ante situaciones de desgaste evidente, sino como parte de la revisión continua del propio trabajo) permite anticipar desequilibrios antes de que se conviertan en una fuente de frustración. Cuidar el propio balancín, en definitiva, es también una forma de cuidar la relación terapéutica y, con ella, el proceso de cambio de quienes depositan su confianza en el acompañamiento profesional.


Elena Gálvez Delgado

Artículo escrito por Elena Gálvez Delgado | Docente


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